
UNA VUELTA A LA MANZANA
JOSÉ HENRIQUE RIZO POMBO - CARMENCITA DELGADO DE RIZO, ESPECIAL PARA DOMINICAL - En la década de 1930 había una fuerte pertenencia a los barrios que se habían formado desde cuando Cartagena decidió salirse del cerco de las murallas a finales del siglo XIX.
No eran muchos pero sí muy definidos por su origen, su localización y su gente, no tanto por estrato social porque todos eran multiestrato y ninguno con la pobreza aguda que nos trajeron las oleadas de inmigrantes que ha recibido la ciudad desde los años 1940. Era tan fuerte el sentimiento de barrio que hasta los años cincuenta, los popanos mayores, y los de los demás barrios, iban a Cartagena, no al Centro de la ciudad.
CORTESÍA , PIE DE LA POPA, a principios del siglo XX.
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FOTOTECA HISTÓRICA DE CARTAGENAERMITA DEL Pie de la Popa, en 1922.
Como sería de intenso ese sentir el barrio que, ya al despuntar la edad del amor, en los muchachos del Pié de la Popa surgía una rivalidad con los de Manga que en ocasiones se convertía en francas peleas “a puño y patá” pero que no impedían que los sábados fuéramos a bailecitos de ponina en su barrio y en los eneros los amigos mangueros nos chiflaran a las cuatro de la mañana para subir la Popa en las novenas de la Candelaria.
Esa rivalidad venía de las generaciones que nos precedieron y debió iniciarse con el crecimiento de los dos barrios en los años finales del siglo XIX y comienzos del XX. La de los años veinte, por la afición al tenis prefirió mantener una entente cordiale y creó la UPM, la Unión Popa Manga, con sede en la avenida Miramar de Manga donde practicaban y hacían campeonatos. En la terraza marina, frente a la sede, organizaban fiestas y chocolates. Cuando todos se casaron, en los años treinta, se extinguió la UPM pero la mantuvieron entre sus recuerdos de juventud.
Hoy, en los sectores populares esas rivalidades se expresan en las tenebrosas pandillas, no tanto por defender su barrio como por buscar destacarse en la comunidad y por imitación de las que surgieron en Estados Unidos con la nueva educación tolerante basada en el “desarrollo de la personalidad” y las “decisiones democráticas en familia”.
Nuestro Pie de la Popa se extendía entre la carrilera del viejo ferrocarril de Calamar, que nos separaba del barrio de Lo Amador y en los años cincuenta le dio paso a la Avenida Pedro de Heredia, y el caño que nos separaba de Manga, que los viejos llamaban “el lago” y nosotros degradamos a “el caño”, sin el apelativo de Bazurto que se usa ahora.
En el otro sentido el barrio iba desde parte del playón Grande que compartía con el del Pié del Cerro (por el cerro de San Felipe, como conocíamos al castillo de San Felipe de Barajas) hasta otro playón mas pequeño que colindaba con el barrio de La Quinta, el del Toril donde encerraban los toros para las corralejas de las fiestas de La Candelaria y las que se hacían en Cartagena para las fiestas de noviembre en la playa de la Artillería.
Del otro lado del caño, Manga nos mostraba sus patios traseros entre los puentes de Las Palmas y Jiménez y el sector de Campo Alegre, entre el puente y el playón del “Inalámbrico” por la antena de radio del Terminal Marítimo para comunicación con los barcos.
En esa estrecha franja las casas se alineaban a lo largo de dos vías principales: la calle Real, que también llamaban camino Abajo” (hoy carrera 30) y que era el viejo camino que salía de Cartagena por la puerta de la Media Luna hacia Turbaco y los poblados de Caimán y Ternera, y el “Camino Arriba” que se desprendía de la Calle Real entre el final del playón Grande y el Toril. La fila de casas de la acera nororiental de la calle Real y de espaldas a la carrilera comenzaba en las cercanías del castillo de San Felipe y continuaba frente al parque Santander.
Pocos callejones, como se llaman en Cartagena las calles secundarias, complementaban las vías principales. El de Mesa, que baja de Lo Amador al playón Grande, el de la Candelaria, que desde la calle Real cruzaba la carrilera para prolongarse en el camino de subida a La Popa y casi enfrentaba el callejón de los Pocitos que aún llega hasta el camino Arriba. De este callejón se desprendía uno interno con frecuencia inundado por el caño Pinzón por lo que se le conoció como “de los Sapitos”,y del lado opuesto otro que llegaba a la plaza de la Ermita entre el antiguo club Popa y la casa de los Castillo, hoy sede del DAS. Mas hacia el Toril, el callejón “de las Viejas” entre la calle Real y el camino Arriba que aun se prolonga en la calle que lleva a Manga por el puente Jiménez.
Entre el Camino Arriba y el caño, en lo que fue la finca de la familia Trucco Watts, se abrieron los callejones Trucco primero y segundo. A partir de finales de los años cuarenta se fueron abriendo en orden cronológico, los callejones Franco, Méndez Coronado y Lequerica.
En años posteriores se abrieron los que completan la traza urbana de lo que es hoy el barrio para rematar con la avenida Jacob Delvalle Recuero en homenaje del Concejo Municipal al rey de El Bodegón, la tertulia vespertina que diariamente reunía en su oficina a bardos e intelectuales cartageneros, entre ellos el Tuerto López, y a ilustres visitantes y que le dio el nombre a la revista El Bodegón que él creó y dirigió desde 1922 hasta su muerte. La avenida fue construida en los años 80 bordeando el caño desde el puente de las Palmas hasta el de Bazurto. Es también llamada avenida del Lago. La calle Real fue pavimentada hacia 1934 y probablemente también los callejones de los Pocitos y las Viejas pero el camino Arriba y el resto de los callejones permanecieron sin pavimento hasta cuando se construyó el alcantarillado, a mediados de los años sesenta.
En los años sesenta se abrió, urbanizó y pavimentó la calle Mompós por el sitio del indomable “caño de María Conquet” por donde bajaban torrentes de agua y barro de la Popa que inundaban las casas vecinas hasta llegar al caño de Bazurto y paralizaba el tráfico por la calle Real. Era la delicia de los muchachos que bajaban de Lo Amador, y a veces unos cuantos popanos, a ganarse unos “chivos” empujando los carros varados. A la vera del caño, la casita de la vieja María con su tribu de parientes y el apiario de Alfredo de Zubiría. En el otro extremo del barrio, el cercano al Toril, el caño Pinzón hacía sus estragos antes de ser canalizado.
El camino Arriba tenía dos monolitos escalonados “de material” o sea de mampostería, como de un metro o metro y medio de altura y unos ochenta centímetros de lado en la base en los que estaban empotradas cruces de madera, o quizás de metal, de unos tres o cuatro palmos de altura. Eran el punto de reunión de los muchachos del barrio cuando no lo hacíamos en la casa de alguna de “las pelás”. Uno estaba en el centro de la vía frente a la puerta de la iglesia de la Ermita y el otro en un ensanchamiento entre el callejón de las Viejas y el Toril.
El playón Grande, como todos los de la Cartagena de antes de los años 70, era un lugar inhóspito y desolado salvo unos manchones de yerba que era segada por quienes la vendían para pasto de burros y caballos cocheros, era poca la vegetación que pudiera crecer en el barrizal que las lluvias arrastraban desde la Popa y que en los inviernos nos retaba a cruzarlo hundidos a media pierna tratando de no perder los zapatos que se pegaban en el fondo. Cuando dejaba de llover en los veranillos de San Juan, el playón nos invitaba a elevar barriletes y pandongas en los agostos, cuando los vientos no era tan fuertes y el barro no tan seco, y a jugar reñidos partidos de tapita o bolita de caucho y hasta de béisbol. Pero al final de los veranos con la fuerte brisa se levantaba una polvareda que nos hacía sentir en las tormentas del Sahara. Debió ser esta brisa y el polvorín de enero los que ayudaron a monseñor López Umaña a acabar con las corralejas de toros en el playón para la época de la Candelaria.
A pesar del paso de los años, aún podemos recordar quién vivía en casi cada una de las casas de la época de nuestra juventud. Lástima que el espacio no nos permita mencionarlos a todos. Los representaremos en los de las casas que, a nuestro modo de ver y que se nos perdone, eran las más importantes por su arquitectura o tamaño como las de Esteban y José Joaquín de Pombo, Diego Martínez Camargo, Flora Posada y los Araújo a la sombra de grandes bongas en el tramo de la calle Real entre el parque y el callejón de subida a la Popa y enfrente, la de Augusto Tono de la Espriella que también salía a la plaza de la Ermita. En la esquina del camino Arriba, la de Vicente Martínez Martelo y antes de Vicente Martínez Recuero y la de Luis Felipe Zubiría. En la plaza de la Ermita, la de los del Castillo, en el callejón Trucco segundo, las de Pote de la Vega y Henrique Tono, y sobre el camino Arriba, la de Enrique Rojo, luego de Augusto Piñeres y después de Ivo Seni y en la acera, mejor dicho, lado opuesto, que acera no había, frente a la cruz, las de Henrique Mathieu y Nicolás del Castillo y las de Antonio y Manuel Lequerica.
Una casa memorable, no por su imponencia sino por el personaje de leyenda que albergaba, la del doctor Lefranc, el famoso médico francés que tenía un misterioso consultorio repleto de frascos y menjurjes en su patio para atender a muy bajo costo largas colas de gente sin recursos y otro en el Centro para los más pudientes por las tardes. Todo Cartagena creía en el doctor Lefranc por sus aciertos clínicos y por sus agüitas que él mismo preparaba en las que incluía telarañas para atacar las infecciones, antes de que se descubriera la penicilina en esas delicadas redes.
De los sitios importantes del barrio en los años 30 a 50 solo quedan la Ermita del Pié de la Popa, que se erigió en los años 20 para reemplazar la pequeña capillita de finales del siglo XIX, los colegios de Nuestra Señora de la Candelaria y Rafael Núñez y el Parque, hoy de los Leones por los de la fuente que lo adorna, y refugio de hermosos trupillos o trupís, pero que era del general Santander cuya estatua se trasladó a la rotonda de entrada a Bocagrande y se reemplazó por la de don Joaquín F. Vélez que se trajo del desaparecido parque de El Espinal, al pié del castillo de San Felipe sobre la calle Real.
El colegio de la Candelaria comenzó donde está ahora en una pequeña casita de madera donde las monjas franciscanas, la mayoría alemanas, se atrevieron a admitir alumnos varones…. pero solo en “kinder”. Allí jugábamos, aprendíamos las primeras letras y a coser cadenetas y hasta punto de cruz al cuidado de la madre Clara, que no era mucho más alta que nosotros, y la madre Ana bajo la vigilancia de la madre Reinelda. El colegio Rafael Núñez que tiene un valor arquitectónico además del educativo: fue diseñado por Gastón Lelarge.
La verdad es que eran muy pocos los otros sitios relevantes. El club Popa, fundado por don Vicente Martínez Recuero y su esposa doña Tulia Martelo en 1911, cuyo incendio contemplamos sobrecogidos una madrugada de marzo de 1951. Fue reconstruido en mampostería, para desaparecer definitivamente años después llevándose setenta años de recuerdos y no sin antes haber intentado restablecer los carnavales con el de 1956, el de Carmencita Única… “eres la reina del Carnaval” como cantaba el coro del himno que compuso Lucho Ramos para los versos de Germán Espinosa y que aún recuerdan las sesentonas y los setentones que formaron parte del escuadrón de honor.
El carnaval resultó el último que se celebró con todas las de la ley como los de la primera mitad del siglo XX, con tres días de bailes a partir del 30 de enero aunque el almanaque Bristol fijara otras fechas para las carnestolendas, el de coronación, de etiqueta, con subida a la Popa al amanecer y dos de disfraces. Para la celebración de las bodas de oro en 1961, el club nombró como reina a Mireya II, Mireya Martínez Torres, nieta de los fundadores, y organizó un gran baile con todas las reinas de los carnavales que pudieron asistir.
La fábrica de hielo Lequerica, que ha dado paso en 2007 al centro comercial más grande de la ciudad, era otro sitio clave. Era la única en Cartagena. También lo era de velas y de quesos y mantequilla, y de chocolate, ¡ah! ese espumoso chocolate con sabor de canela que le preparaban especialmente a mi abuela para su taza de las nueve de la noche y la de algún afortunado aunque poco común visitante. Tempranito salían de la fábrica las grandes y pesadas carretas sobre llantas tiradas por esforzadas mulas para repartir el hielo en grandes bloques, cubiertos de aserrín para que duraran, a las “neveras de palo” y los tanquecitos de agua de toda la ciudad donde aún era escasa la refrigeración eléctrica.
En aquellas épocas “pre TV” el teatro Granada y el teatro Colonial, situado en La Quinta, fueron parte importante de nuestra niñez y nuestras mocedades, razón para que las pelás pudieran salir en grupo con los pelaos por la noche, y escenarios para los primeros pololeos especialmente los jueves por el atractivo de los dobles de películas mejicanas y los sábados por las “series” de larga duración, con el “gancho” a cinco centavos la pareja, y hasta por las guachafitas que se formaban cuando la película no gustaba o cuando se demoraba el rollo que debía venir al Colonial de los teatros del centro del Circuito Velda, el Circo Teatro y el Padilla y al Granada los del Cine Colombia, el Variedades, y luego Cartagena, y el Rialto.
En 1950, Víctor Nieto construyó, inspirado en el de la CMQ de La Habana, el Radio Centro Miramar en la obra negra de la casona que dejó inconclusa Oscar Gómez Henríquez al lado de la de su suegro José Joaquín de Pombo hoy sede de la Universidad Libre. En la parte alta, el Teatro Miramar, sus oficinas y las de la radio Miramar, y a la izquierda un apartamento inicialmente para sus oficinas y, hacia atrás, el de Víctor y su familia. En la planta baja, el grill Miramar, el primero de su género en Cartagena, y hacia el frente la heladería Miramar, ambos operados por Luis Henrique Delgado y Carmelita Delvalle de Delgado. En el callejón lateral de acceso al patio trasero, pequeños apartamentos luego convertidos en comercios.
En poco tiempo el Radio Centro se convirtió en foco de actividad del Pie de la Popa y de Cartagena. El teatro Miramar, por sus mejores instalaciones, sus películas y su localización en el centro del barrio, comenzó a desplazar al Granada y el Colonial. Ambos teatros cayeron con las transformaciones de la ciudad de 1978 para darle cupo el Granada a un centro comercial que se convirtió en el “Mercado Turístico” como eufemísticamente se llamó al sanandresito que nos tocó organizar para alojar a los comercios que no eran de víveres ni abarrotes cuando trasladamos el mercado de Getsemaní a Bazurto y el Colonial para otro centro comercial.
El grill fue el punto de referencia para la actividad nocturna por la decoración, la cálida atención y por los artistas nacionales e internacionales que traía Víctor, y la heladería por sus deliciosos helados, sus “ice cream sodas” y las incomparables hamburguesas de Carmelita que ponían a revolotear a su alrededor a los pelaos y las pelás, popanos y “extranjeros”. Es interminable la lista de los artistas que nos llenaron el barrio de música. Sólo por mencionar unos pocos entre los que han superado la pérdida de neuronas de nuestros coetáneos como la Sonora Matancera, Celia Cruz, Bobby Capó, Pérez Prado, Daniel Santos o Libertad Lamarque.
Pero definitivamente los puntos claves de la vida diaria del barrio eran las tiendas, como lo siguen siendo en todos los barrios donde, además, son sitios de encuentro y de intercambio de noticias o de envío y recibo de recados y mandados como decíamos antes. Cuando “pelaos” eran el pretexto para hacer mandados y pedir la ñapa, luego para ir subrepticiamente a comprar cigarrillos, a centavo el Pielroja o el Pierrot de la Compañía Colombiana de Tabaco o el Dandy por el nombre del callejón de Manga donde lo fabricaban. Mas tarde el mandado era por el anisado para los mayores (de coco, de naranja, matrimonio) y el ron blanco con que ensayar nuestros comienzos de hombría. Era también la abigarrada y colorida fuente de suministros de última hora o para completar lo que a diario traía la cocinera de mañanita del mercado público en una canasta de olores inspiradores y anticipo de delicias.
* Apartes de Una vuelta a la manzana, escrita por José Henrique Rizo Pombo y Carmencita Delgado de Rizo, dentro de la propuesta de recuperación de la memoria urbana, liderada por Álvaro Suescún, Eduardo Márceles y Aníbal Tobón, que será publicada en 2008.